CAP 6. CAMAGÜEY, ME CAYÓ SEMBRAO!

El trayecto hasta Camagüey, personalmente lo sentí como el peor de toda Cuba. Salimos en un Jeep desde Baracoa, en la parte de atrás, sentados en dos diminutos bancos a lo largo del vehículo, frente a frente, íbamos unas 8 personas. No había espacio ni para poner la espalda recta, pues la cabeza me daba a las barras de hierro que hacían de techo, que era una lona. La carretera era terrible, llena de baches gigantescos. Al cabo de 2 horas bajamos del vehículo para que nos subieran en otro, un coche Moskovitch de los lejanos años 20. Una reliquia de casi cien años que para su edad estaba bastante bien conservado, pero igualmente, el coche iba con 9 personas embutidas dentro. A la hora de trayecto tuvimos que parar por que se saltó la correa del cambio del coche, perdiéndose por el camino. No era la primera vez que le sucedía al conductor, pues llevaba otra de repuesto, que instaló en unos 20 minutos. Finalmente llegamos a Holguín, ciudad que era de paso para nosotros pues el destino era Camagüey, nos dejó muy lejos de la terminal de Viazul, así que tuvimos que andar casi una hora con las 2 mochilas a la espalda bajo el sol del mediodía. Cuando por fin llegamos a la estación nos dijeron que el Viazul no salía hasta las 7 de la tarde. un hombre nos ofreció un colectivo que salía en breves, a un precio similar, así que aceptamos. El colectivo resultó ser un camión, con asientos instalados a modo de autobús, tan pegados que no me cabían las piernas y las tenía que poner en el pasillo. El asiento hacía un ruido escandaloso cual cama de motel ruinoso desgastada por el sexo. Al final de tantos apuros, por fin llegamos a Camagüey.

Camagüey es la tercera ciudad más grande de Cuba, tras La Habana y Santiago. La ciudad no tiene mucho que ofrecer al turista, a parte de una bonita calle a modo de boulevard central, y un par de plazas bonitas. Sin embargo para nosotros era un destino obligado, ya que allí habían personas esperando por nosotros.

Esta chica habla hasta con las piedras

Todo esto empezó como tantas otras cosas, con Alba en Valencia semanas antes del viaje, contándole a su amiga Lucía que nos íbamos a Cuba de viaje. La pareja de Lucía, Jesús, es cubano, de Camagüey. Antes del viaje quedamos un día los cuatro juntos para cenar, para que nos recomendara partes de Cuba. Hicimos muy buenas migas y concluímos en que le traeríamos regalos de navidad a la familia de parte de Jesús, y estaríamos unos días allí con ellos. Además era una buena ocasión para que durante ese tiempo con ellos, estando con gente de confianza, Alba pudiera intentar hacer algún tipo de colaboración o voluntariado en alguna escuela, pues era su gran objetivo de todo el viaje, el ver como estaba la educación por Latinoamérica y experimentarla de primera mano. De ahí la importancia de llegar a principios de semana a Camagüey a la hora de planificar.

Estuvimos toda la semana en Camagüey, hasta el domingo, en casa de Carlos, uno de los dos hermanos de Jesús, junto a su mujer Cory, y la reina de la casa, Caroline, su preciosa niña de dos años. 

Me emociona el sólo hecho de escribir sobre ellos y lo extraordinariamente bien que nos trataron. Lo que pueda contar aquí se quedará corto, pero explicaré un poco. Estas buenas personas abrieron las puertas de su muy humilde casa a dos extraños, nos dieron de comer, nos sacaron a cenar, nos llevaron al bar donde trabajaba Carlos, acompañaron a Alba a la escuela a intentar que pudiera estar en alguna clase, nos lavaron la ropa y nos dieron un nivel de confianza y cariño que nos abrumó. Pudimos conocer a los padres de Cory, su madre resultó ser una mujer muy cariñosa que nos cayó genial, veterinaria en una empresa de industria cárnica que nos llamaba todos los días para que no nos faltara de nada; y su padre un artesano que no puedo dejar de admirar, de más joven se dedicaba a pescar en la costa. Me lo contó una tarde que fuimos a hacer el café con el. Descendía buceando a pulmón hasta 40 o 50 metros de profundidad, con dos arpones, y pescaba tiburones, mantas, y todo bicho viviente que estuviera en la oscuridad del fondo. Nos regaló dos dientes de tiburón, uno para cada uno, incrustados en preciosos coal negro, de un puñado que guardaba en una cajita de madera como un tesoro. Aquella tarde estuve embelesado escuchando sus historias de pesca como si hubiera conocido al viejo de la novela «El viejo y el mar» del omnipresente Hemingway. También nos regaló una talla gigantesca de madera de caoba, con unas figuras de peces talladas por él mismo artesanalmente, que ni nos cabía en la mochila, así que se la cambiamos por una más pequeña, igualmente increíble. A la madre de Carlos apenas la pudimos ver un momento, y su padre vive en España.

La pequeña Caroline haciendo de las suyas

Pasamos la semana relajadamente con ellos, ya nos estábamos aclimatando al medio cubano, yo aprendía expresiones como mi favorita «me cayó sembrao», que se dice después de una comida que te deja muy satisfecho, que me enseñaban Cory y Carlos; y Alba ya llamaba a los cocheros y negociaba precios al comprar como una cubana más. Precisamente Alba intentaba que la aceptaran en alguna escuela de la ciudad infructuosamente. En las escuelas tenían reparos a que un extranjero se presente por allí queriendo dar clase, desconfiaban de que quisiera grabar la clase en vídeo con el móvil y luego hacer a saber qué en las redes sociales, así que la mandaban al ministerio a hacer solicitudes burocráticas para las cuales nunca estaba presente la persona que lo gestionaba. Fue una lástima.

Centro de Camagüey

Durante la semana también se dio la casualidad de que se estaba jugando la final nacional de pelota, como ellos llaman al béisbol, deporte rey en Cuba. Precisamente Camagüey había llegado a la final por primera vez en treinta años. Jugaba contra Matanzas, y ganaba el primero que ganara 4 partidos. La final se puso 3-1 para Matanzas y jugaron un partido en su campo por el título, que vimos por televisión. Si Camagüey ganaba vendrían a jugar a su ciudad el resto de partidos, nos apostamos con Carlos que si ganaba Camagüey cambiaríamos el billete con el que nos íbamos a ir, para poder quedarnos un día más y ver el partido en el estadio con el. Y Camagüey ganó, así que eso hicimos. Nos quedamos de piedra al saber que la entrada era gratuita, igualito que en Europa. La parte negativa de ser gratuito era que el primero que entra se queda el asiento, así que para un partido que empezaba a la una del mediodía tuvimos que estar a las ocho de la mañana ya dentro del estadio. Cory no pudo venir por que no había nadie que se pudiera quedar con la pequeña Caroline, así que fuimos solo con Carlos. No había jugado a béisbol desde la escuela primaria, así que algunas normas muy concretas no las entendía, pero tras varias preguntas fue fácil comprender lo que pasaba en el campo. Camagüey jugó un partido desastroso y Matanzas se acabó llevando el título, vimos la entrega de las copas y, por casualidad, salimos por la TV nacional cubana en primer plano cuando el cámara enfocó al público. El precio de la fama.

Despedirnos de la familia fue muy duro, ya nos habíamos encariñado mucho con ellos, especialmente con la pequeña Caroline, que se hace de querer con facilidad. Estaban iniciando los trámites del visado para mudarse a Valencia, donde Lucía y Jesús les esperan con muchas ganas. Sería increíble que cuando volviésemos a España ya estuvieran allí. En breves les confirmarían o no el visado, deseé con todas mis fuerzas que así fuera.

Vamos Camagüey!

Nos fuimos con gran pena una madrugada en Viazul, camino de Santa Clara, donde pasaríamos el día y cogeríamos otro por la tarde hacia Varadero.

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