Nuestra visita a Santiago fue fugaz, llegamos de noche, casi a las 12, helados por la potencia del aire acondicionado del autobús. A estas alturas del viaje ya viajábamos sin reserva de alojamiento para dormir. Así que nos encaminamos hacia el centro de la ciudad, guiados por el mapa del móvil. Sin ningún tipo de temor.
La seguridad ciudadana en Cuba merece mención especial. El gobierno, puede que por proteger el turismo, puede que por limpiar la imagen internacional que se tiene de su país en el extranjero debido a la propaganda de los medios, es muy represor con la criminalidad, especialmente proteccionista con el turista. Durante un mes en Cuba paseamos por la noche, por calles poco iluminadas, con las mochilas, sacamos dinero de cajeros y nunca sentimos el menor atisbo de peligro o amenaza. Claro está que en todos los lugares hay manzanas podridas y hay que tener sensatez. Pero en tema de seguridad, nada que envidiar a España, quizás incluso al contrario. No obstante hubo un sólo momento donde nuestra seguridad se vio comprometida, de forma más cómica que real. Paseando por la ciudad se oyeron un par de explosiones considerables, que provenían de la siguiente esquina a la cual nos dirigíamos, a muy pocos metros. La gente empezó a gritar y huir, y se oyeron más explosiones seguidas, parecían disparos. Resultó ser un transformador eléctrico en la fachada de un edificio, que se había prendido fuego y petardeaba considerables chispazos. Aunque hubo un momento de estrés hasta que lo descubrimos, con toda la gente a nuestro alrededor huyendo y mi querida Alba mirando embobada sin reaccionar, preguntando «¿Qué pasa?» mientras yo le tiraba fuerte del brazo. Ahora todo son risas.

Subimos por la arteria principal de la ciudad, una calle peatonal conocida como Enramada, que sube desde el malecón hasta la parte alta de la ciudad, siendo ésta cruzada perpendicularmente por gran cantidad de calles, a modo de ramificaciones, de ahí el nombre. En la enramada, cada pocos metros, había inscripciones en las paredes de artistas y personalidades, que mencionaban a la ciudad, me gustó especialmente una de Lorca. «Cuando llegue la Luna llena, iré a Santiago de Cuba, iré a Santiago de Cuba». Constatamos que cuando la leímos era luna llena, Alba no cupo de gozo. El pobre Federico nunca llegó a visitar la ciudad, un levantamiento militar fascista se lo impidió, pero dejemos ese tema. Visitamos un par de alojamientos sin estar satisfechos hasta que un par de cubanos nos acompañaron hasta uno que nos gustó. Su comisión se llevarían por parte del propietario.

En Santiago no hay tanto que ver, puedes acercarte al cementerio. Lugar donde están enterrados grandes personalidades de la historia cubana, como Jose Martí y el mismo Fidel Castro, este último sin grandes decoraciones, su tumba es una gran roca, con una placa con su nombre, sin más. Al parecer prohibió el culto a su personalidad para cuando muriera, así que no encuentras calles a su nombre ni estatuas dentro de la constante propagada que puebla las calles cubanas. Imagino que tomó esa decisión cuando vio como en Rusia volaban las cabezas de Lenin y compañía cuando calló la URSS. En el cementerio, a las 11 de la mañana realizan un ceremonioso cambio de guardia militar, como en tantos otros sitios. Todo esto lo vimos por casualidad y desde la distancia, pues en la entrada pretendían cobrarnos entrada por acceder al cementerio. Recuero haberme indignado mucho y no montar el número por que Alba me insistió en que lo dejara estar. No me entra en la cabeza que se tenga que pagar por acceder a un cementerio, no me entra en la cabeza que el turista venga desde otro país, se moleste en visitar el lugar de reposo de grandes personalidades históricas, y se le pretenda cobrar por ello. Hacer negocio a costa de los muertos. El mimo Fidel se levantaría de la tumba ante tal acto capitalista si no tuviera esa enorme roca encima.

También visitamos la Catedral, que todavía lucía la decoración navideña, incluidas unas luces de árbol de navidad por el interior de la misma, alrededor de la zona del altar, que le daban un aspecto bastante ortera, que en mi pueblo llamaríamos «coent».
Había también varios locales de música en vivo, hay uno en concreto, llamado «La casa de la Trova», que tiene como una especie de sucursales por muchas de las poblaciones de Cuba. Al igual que la Bodeguita del medio. En Santiago fue realmente difícil encontrar cerveza, según nos dijeron por que se había terminado toda en los festejos de fin de año, cosas de la escasez. La única que encontramos era una de producción local, llamada Hatuey, en honor al primer indio americano que enfrentó a los colonizadores españoles. Horrenda, la verdad. Pero nos tomamos unas pocas paseando por el malecón, mientras un grupo de adolescentes se entretenía bailando ritmos latinos al son de una radio. Me voy a referir siempre con el nombre de ritmos latinos a toda la música que engloba salsa, bachata, merengue, etc. por que no tengo ningún tipo de conocimiento del tema y no sé distinguirlas entre sí.

No pudimos visitar la iglesia de la Virgen del Cobre, patrona de Cuba. Esta en una localidad cercana a Santiago pero el coste de la visita no resultaba barato. La iglesia está ubicada en una colina, rodeada por unas minas de cobre, de ahí el nombre. Al parecer es bonita y digna de visitar, pero no pudimos ir.
No estubimos mucho tiempo en la ciudad, pronto nos fuimos a nuestro siguiente destino, la histórica población de Baracoa. En el extremo oriente de la isla.