Este viaje comienza en el aeropuerto internacional de la Habana Jose Martí, un 30 de diciembre de 2019, tras un largo vuelo de unas 10 horas.
Estas primeras líneas las escribí en el día número 20 de viaje, empezarlas antes no habría tenido sentido. Tras casi 3 semanas de viaje, la opinión está mejor formada en muchos aspectos, te sacudes algunos prejuicios de encima y matizas opiniones generalizadas fundadas en primeras experiencias. La persona que espere un análisis político social de Cuba, que sé que habrá alguien que estará esperando con ganas a que baje y me ensucie en el barro, que no espere conclusiones definitivas. Comunismo bueno o comunismo malo es una reducción al absurdo. Es cierto que he reflexionado mucho sobre este aspecto, pero es un análisis que abarca muchos ámbitos, en varios de los cuales siento que no estoy en posesión de conocimientos suficientes como para aventurarme a sentenciar y considero que es de necios dictar juicios rápidos.
Sin embargo, este relato no está exento de reflexiones y divagaciones propias, sino todo lo contrario, pueblan el relato como la argamasa en un muro. Es el material que da sentido completo a la visión de lo que percibí viajando. Divagaciones y reflexiones bastante habituales del humilde servidor que escribe estas líneas, intentando entender el mundo con los pocos conocimientos atesorados.
Volviendo al aeropuerto…
Tras pasar varios controles aduaneros llegamos a la puerta del aeropuerto, rondaban las 10 de la noche y ya empezabamos a sentir el calor del Caribe. Llega la fase de adaptación. Primero, la moneda. En Cuba coexisten dos divisas: el peso cubano, que es la moneda nacional, y el peso convertible, la divisa creada para los turistas y que no tiene ningún tipo de valor fuera de Cuba. La decisión de que circularan dos divisas la tomó el gobierno cubano en tiempos de extrema escasez, con miedo a una imparable devaluación de la moneda propia, pero en estos tiempos es más incómodo que otra cosa, y esta previsto eliminar la divisa inventada próximamente. El que no quiera pagar todo a precio occidental debe afanarse en el proceso de adaptación y memorizar el cambio. Por que el cubano, no siempre pero de forma habitual, bien motivado por la necesidad o bien por esa picaresca innata, gusta de jugar con la confusión del turista al manejar la divisa. En una oficina del mismo aeropuerto pudimos cambiar efectivo.
Yo venía preparado, o eso creía, y había averiguado por internet una combinación de autobuses para llegar al centro por un precio irrisorio. Pero en Cuba el autobús llega cuando llega y por allí no parecía tener intención de venir, además también estábamos preocupados por la hora de llegada a la casa donde íbamos a dormir.

Esa es la siguiente peculiaridad cubana que necesita introducción. En Cuba hay básicamente 2 tipos de alojamientos: los hoteles y las Casas de cubanos que arrendan habitaciones. Cada uno es libre de hacer lo que quiera, pero irte a otro país a encerrarte en un hotel a todo incluido es una forma de viajar que juzgo con severidad. Nuestra preferencia en la forma de viajar y nuestro bolsillo tampoco admitían otro tipo de alojamiento que no fuera arrendar habitación. Las casas que ofrecen este servicio están por todas partes y su funcionamiento está completamente normalizado en Cuba. Para poder ofrecer ese servicio tienen que ofrecer unas condiciones de calidad mínimas. Éstas casas se identifican por un pequeño cartel en la puerta con el símbolo y el título de «arrendador en divisa». El precio varía dependiendo de la ciudad, barrio, época del año, y, por supuesto, la calidad del servicio; además, estos son negociables con los arrendatarios.
Teníamos reservada una habitación en el distrito de Vedado, una zona históricamente residencial bastante tranquila de La Habana. Reserva previsora ya que era 30 de diciembre y temíamos tener dificultades para encontrar alojamiento a coste razonable durante estas fechas.
Tras una negociación con un taxista que nos asedió insistentemente (una constante por toda Cuba ya que oyes el ofrecimiento de taxis una media de 20 veces al día), utilizamos las habilidades sociales de Alba para compartir uno con dos francesas que iban a otro barrio más alejado y nos apeamos cerca de nuestro destino. La iluminación nocturna de las calles en Cuba deja bastante que desear, pero llegamos fácilmente gracias a una app GPS que funciona sin datos. ¿Cuánto tiempo de vida deambulando y preguntando me habrá ahorrado esta aplicación?
Nuestra primera familia anfitriona nos estaba esperando. Llegábamos reventados de cansancio y tras las presentaciones cordiales nos mostraron la habitación y toda una planta de la casa para nuestro uso, compartido con los alojados en otras dos habitaciones en caso de haberlos. Baño, cocina, salita de estar y una terraza de lo más agradable. Nos instalamos y nos acostamos directamente a dormir hasta la mañana siguiente.
La Habana quizás no es el mejor sitio para empezar un viaje por Cuba, a pesar de parecer el punto de partida más obvio. Es una bonita ciudad, bastante mal conservada, o al menos esa es la primera impresión que te llevas al venir de Europa. Y ese ojo acostumbrado al mal llamado primer mundo te empuja a que tu atención esté más atraída por el mal asfaltado de la calle y lo mal cuidados que están los edificios, con paredes que se caen y la falta de pintura en casi todas las fachadas. Este último dato me hizo acordarme mucho de mi madre y de lo que se preocupa de que Els Cossis esté siempre bien pintado y las jornadas completas invertidas en darle un repaso mano a mano al restaurante antes de la apertura de cada temporada.
No obstante, no dejó de fascinarme la abrumadora cantidad de edificios de arquitectura colonial poblando toda la ciudad. Por supuesto todos estarían declarados en semi ruina en España, pero aquí los habitan los cubanos sin aparentes problemas. Docenas de casoplones coloniales, que en mi pueblo natal serían declarados como mínimo monumentos de interés cultural, que disponen de verja de hierro forjado con florituras en el jardín, columnas señoriales con capiteles corintios en la entrada principal, portones gigantes por los que debía de pasar un carro de caballos hacia un patio interior…; ahora resultan en casas dividas en dos, cuatro o a veces bastantes más viviendas, separadas por paredes de ladrillo forzadas e improvisadas en la estructura original de la casa, y donde ahora viven varias familias, como buenamente pueden, con relación de sangre entre ellos o no.
Aún con todo esto, la arquitectura no es el motivo por el que no recomiendo La Habana como punto inicial del viaje, es por la jungla. Es la ciudad capital y más poblada de Cuba, de manera que hay mucha población con necesidad. Necesidad y picaresca no son buena combinación para el turista recién llegado, desorientado y acostumbrado a otras formas de trato. Me explico: es muy fácil ser enredado por un cubano muy simpático que se te ofrece a llevarte a una «fábrica o cooperativa», al bar dónde iba no se qué personaje histórico, o a su casa para beneficiarte de no sé qué descuento especial que solo él te puede conseguir o que justo termina hoy. Suena descabellado caer en algo tan obvio, pero se les da muy bien. Todo empieza siempre con un saludo muy cordial por la calle seguido de preguntas como de dónde vienes o, la pregunta estrella, cuántos días llevas en Cuba. Si a ésta última respondes con un alegre «¡es nuestro primer día!» te dan dos vueltas para aquí y para allá, que ni bailando salsa, y ya te atraparon.
No quiero con esto dar a entender que me llevé una mala primera impresión de La Habana o los cubanos, de hecho todo lo contrario. La Habana es una ciudad muy divertida y en Cuba hemos conocido a gente maravillosa en todas partes. Simplemente constatar un hecho que vivimos en nuestras propias carnes y con el que, una vez adaptado al medio cubano, convives con facilidad.
Los hechos del 31 de diciembre transcurrieron durante un día largo en el que nos levantamos muy pronto y decididos a empezar a explorar. Andamos hasta el malecón, como conocen ellos a los paseos marítimos, sin nada especial a mi parecer, ya que es una simple acera a primera línea de mar, sin playa, ni árboles. Una carretera bastante transitada discurre también por ahí. Los vehiculos en Cuba son un tema aparte, de sobras conocido es el hecho de la facilidad de ver coches antiguos, o anticuados según se vea. Desde coches soviéticos de los años 40 que se dejaron de fabricar hace décadas a clásicos americanos descapotables cuidados con esmero y utilizados para realizar tours por la ciudad a los turistas. Más adelante, en otras partes de Cuba, también descubres los carros de caballos como transporte urbano, se trata de un caballo arrastrando un pequeño carro cubierto en el que caben unas 8 personas y funciona como un autobús urbano, realizando una ruta fija, en el que los cubanos se trasladan por la ciudad a bajo coste. O los bicitaxis, bicicletas arrastrando un transporte de 2 personas en el que vas sufriendo todo el tiempo por el sobresfuerzo al que se ve sometido el conductor. No pude evitar dejar una buena propina las dos escasas veces que nos vimos obligados a viajar en uno, a pesar de nuestro ajustado presupuesto, de lo mal que me sentí.

Antes de llegar al malecón pudimos conversar con un señor que nos encontramos por la calle, había sido locutor de radio en la radio nacional durante 40 años, ahora ya jubilado, tenía buena conversación y gustaba de conocer gente, nos habló de un cantante español que desconocíamos, que le encantaba. Tras un tortuoso recorrido de varias horasbajo el sol del malecón, en el que no habíamos calculado bien las distancias, y tras ser convencidos en nuestra ingenuidad de recién llegados de realizar alguna compra de dudoso beneficio y credibilidad, llegamos al barrio de la Habana Vieja, la parte más antigua de la ciudad, donde estuvimos el resto del día. Al venir de Europa uno está acostumbrado a que el centro de una ciudad sean viejas y estrechas calles empedradas, con formas laberínticas, edificios extremadamente antiguos, grandes catedrales en la parte más alta. No en el «Nuevo Mundo». Estructura de diseño colonial de perfecto trazado cuadricular, con amplias plazas, y eso sí, una bonita Catedral, de bonita arquitectura del ya nombrado estilo colonial, diferente a lo que estamos acostumbrados por allá. También muy interesante el Capitolio, vestigio de otros tiempos donde las relaciones con los EEUU fueron mejores. Recientemente le han dado un revestimiento dorado a la cúpula, decisión muy cuestionable a mi entender, tanto estéticamente como pragmáticamente. ¡Como si el gobierno no tuviera inversiones mejores que hacer! No dudamos un segundo en visitar la Bodeguita del Medio, histórico lugar, ahora ya enfocado al turista que viene a realizar su turistada. Pero importante para algunos de nosotros, declarados admiradores de Ernest Hemingway, quizás más admiradores del personaje que del escritor, por supuesto sin querer menospreciar ni una pizca. Admiradores al fin y al cabo. Nos tomamos un mojito a su salud que nos gustó bastante. Luego seguimos tomando cervezas y paseando durante todo el día, picando algo en puestecitos de comida de la calle.
Había mucho turista, también mucho comercial vendiendo su restaurante para la cena, recordemos era fin de año. Vimos una bonita plaza donde estaban montando un escenario y unas carpas pequeñas. Al preguntar nos dijeron que era para el día uno, que iban a festejar el día de la Revolución, edición 61, y nos tomamos buena nota. Tras consultar mil restaurantes con sus respectivos comerciales vendiendo su menú super especial de fin de año que es mucho mejor que el del restaurante de al lado, nos decidimos por uno, bastante escondido en una primera planta de un edificio, un poco más alejado de las calles principales, buen precio, buena comida, muy familiar, y nos dieron buena conversación. El propietario protestaba entredientes del sistema cubano, decía ser propietario de tres restaurantes en La Habana, pero que a pesar de esforzarse y trabajar duro no le dejaban progresar. Ese fue un comentario bastante común a lo largo del viaje por Cuba, proveniente siempre de personas que, en su misma posición laboral, probablemente se habrían enriquecido en otro país capitalista. También oímos las primer críticas a Donald Trump, no vi ni un solo cubano que le tuviera la menor simpatía. Al parecer con Obama creció bastante la llegada de turistas norteamericanos a Cuba, además de liberarles un poco del vergonzoso bloqueo comercial al que tienen sometido al pequeño país caribeño desde hace ya 60 años y que tantas veces ha sido denunciado en la ONU. Parece que Trump volvió a endurecer el bloqueo y además se han cancelado varias conexiones aéreas desde los EEUU, disminuyendo en gran cantidad el número de turistas que llegan hoy en día desde allí y por consiguiente la cantidad de ingresos venidos del turismo.

Volviendo a La Habana, nos recomendaron que no estuviéramos por las calle cuando sonaran las 12 de la noche, que la costumbre era lanzar agua a la calle para celebrar, pero que esa tradición había denigrado en lanzar todo tipo de líquidos, como agua sucia de fregar, entre otras repugnancias. No nos quisimos arriesgar a contagiarnos de super sida y decidimos volver a la casa a una hora más o menos prudencial para no pasar el mal trago, cometimos el error de volver a pie para ahorrarnos el autobús y eso desembocó en llegar a la casa más cansados todavía de lo que habíamos llegado la noche anterior. Estábamos dispuestos a darnos una ducha rápida y ir a un lugar que sonaba muy interesante para ir, la Fábrica de arte, una antigua fábrica ahora convertida en galería de exposiciones, sala de conciertos, etc. En el que según decían se pasaba muy bien saliendo por la noche. La realidad es que por la tarde nuestro nivel de ebriedad fue bastante decente, todavía conectados a la zona horaria española. Fue inevitable que llegar a casa cayeramos muertos en la cama, nos despertamos con los fuegos artificiales de las 12 de la noche, nos levantamos un momento a ver si los veíamos, nos felicitamos mutuamente el año nuevo, y nos volvimos acostar a dormir. Con lo que hemos sido nosotros, que no se nos ha resistido ninguna fiesta, los asistentes al Flower Pirate Fest son testigos de ello, y vernos por estas soledades, un fin de año en La Habana desperdiciado. Vergüensa.
Por suerte al día siguiente lo compensamos, y nos pegamos lo que se conoce como un buen festejo. Decidimos aprender a utilizar el transporte público, para ahorrar fuerzas y tiempo, y a tener paciencia, «la guagua pasa cuando pasa» nos dijo un cubano alegre. Antes de festejar cumplimos con la parte cultural, primero visitamos el Museo de la Revolución, al que personalmente le tenía muchas ganas, aunque me decepcionó un poco por el poco contenido del mismo. Sí que fueron impactantes los disparos en la fachada, de la batalla que hubo durante la misma Revolución, ya que era el antiguo Palacio del Gobierno del dictador Batista. También los carros blindados llenos de disparos. El plato fuerte del museo era el Grandma, el barco con el que viajaron Fidel, el Che y unos pocos valientes desde México hasta desembarcar en Cuba para iniciar la Revolución, estaba expuesto dentro de una vitrina y bien vigilado en el patio del Museo.
Tras la visita empezó a pesarnos la falta de festejos y El Floridita nos quedaba cerca, así que decidimos hacernos un daiquiri en el lugar que dicen vió nacer a este cóctel, y lugar también donde el bueno de Hemingway gustaba de tomárselo, nos sobraron razones para ir.
Aquel día terminó en la plaza donde la tarde anterior habíamos descubierto que se realizaría fiesta, no hay que olvidar que el 1o de enero en cuba es el día de la Revolución. Alba descubrió que en Cuba el año nuevo se felicita con un «felicidades!», y abusó de la palabra durante una semana, felicitando hasta a las palomas. Nos lo pasamos muy bien viendo las Ruedas de Casino, difíciles de explicar, un grupo de bailarines, normalmente no menos de diez parejas, aunque según dicen las más grandes pueden llegar a 50 parejas, realizan pasos de baile de ritmos latinos, cambiando de pareja constantemente, a una velocidad vertiginosa y completamente acompasados, sus vestimentas también destacan, elegantes cual alto embajador de Wakanda. Consumimos unas cervezas baratas, nos comimos un pollo con arroz, con las manos (no hay dinero para plásticos desechables), y nos fumamos nuestros primeros puros cubanos. Varios artistas salieron a cantar y actuar al escenario, fue una buena fiesta, compensatoria por el agravio de la noche anterior.

Al día siguiente fuimos a comer a un restaurante que nos habían recomendado, en frente del Capitolio, de origen asturiano. Más de cien años de tradición los avalan, comida abundante y deliciosa, buen precio, y bonito lugar, solo lamenté la cola que nos comimos para entrar, eso y que se nos olvidó sacar dinero en un cajero y en Cuba no existen las máquinas de pago con tarjeta, tuve que salir corriendo en busca de un cajero que no resultó estar cercano mientras Alba esperaba en el restaurante con la cuenta en la mesa. Trágico y cómico, como la muerte de un payaso. Al llegar a casa nos encontramos con toda la familia de la casa en la que nos alojábamos, pues estaban celebrando el fin de año, debido a que la noche del 31 habían trabajado casi todos y habían acordado celebrarlo juntos el día 2. Eran un montón, nos invitaron a comida deliciosa y a ron. Tuvimos una larga y divertida charla con todos ellos, nos enseñaron fotos antiguas de cuando la abuela era modelo, allá por los años 70, e incluso en algún momento en conversación más privada nos abrieron su corazón. Un abrazo para todos ellos si leen esto, especialmente a Marta, Haymee, Jorge y a Alejandro.

El día siguiente fue un día de viaje, uno de los muchos que tuvimos en Cuba, pero éste fue el primero, así que estábamos desinformados y poco habituados. Fuimos a la terminal de autobuses de Viazul, cerca de la gigantesca Plaza de la Revolución. Viazul es la forma más habitual de viaje del turista en Cuba, son unos autobuses típicos, de 2 asientos por lado y pasillo en medio, generalmente en un estado que en España calificaríamos de vergonzoso pero en las limitaciones de Cuba te parecen aceptables e incluso deseables. Todos disponen de WC en un pequeño habitáculo al final del autobús, pero en ninguno de ellos funciona y permanecen cerrados con llave, al menos así fue en la docena de buses que nosotros utilizamos. No son un medio de transporte barato (los cubanos viajan en unos idénticos llamados Omnibus, baratisimos, pero a los turistas no nos dejan viajar en ellos), no tienen muchas plazas, ni son rápidos, pero son «lo que hay». La otra opción es pagar un carísimo taxi, o viajar en los llamados colectivos, los cuales también probamos en alguna ocasión sin terminar muy contentos. Los colectivos son un poquito más baratos pero ofrecen bastante malas prestaciones, a veces son camiones adaptados a un psuedoautobús. Para trayectos cortos sirven, pero en Cuba las carreteras son terribles y 300 km pueden costar 5 h de recorrido o más. Deducción final: Viazul siempre que se pueda, intentando ser un poco previsores y sacando billetes con antelación dentro de los márgenes de libertad de acción que te quieras dar. Lo bueno es que si no quedan plazas siempre se puede «ir al fallo». Ir al fallo significa que alguien que tenía reserva no ha acudido y queda su plaza libre, para poder acceder a esta posibilidad tienes que estar bastante pronto en la estación y rezar muy bien, nosotros debimos ser medio santos varias veces y pudimos viajar por fallo cuando lo necesitamos.
La familia de La Habana nos había recomendado encarecidamente que visitáramos Viñales, en la provincia Pinar del Río, la zona más al oeste de Cuba, por su belleza natural, sus fábricas de puros, sus playas y su precio reducido. Nos encajaba para empezar un itinerario de oeste a este y regresar a La Habana al finalizar, así que eso es lo que intentamos en la terminal. La cola y la organización para adquirir el billete era desastrosa, y el oficinista que nos vendía el billete nos dijo claramente que si lo queríamos teníamos que sobornarle personalmente con 20 doláres. Fue el acto más indecoroso que me ha realizado ningún cubano en este viaje. Al final tuvimos suerte de conocer a dos parejas de argentinos que también iban al fallo como nosotros, una de dos amigas, Sol y Ailin; y otra de dos amigos, Julián y Mati. Con los cuatro entablaríamos una gran relación y pasaríamos varios días juntos, entre todos nos ayudamos un poco y al final pudimos conseguir los billetes para Viñales tras no pocos apuros.