Baracoa es una pequeña población en el extremo oriente de Cuba, en una fértil región bañada por hasta 24 ríos. Es la zona donde se cultiva el cacao, en gran cantidad y única en Cuba, que se exporta luego al extranjero. La villa es de gran importancia histórica, pues es la más antigua de Cuba, fundada en el año 1511. Dada su antigüedad no me sorprendería que fuera de las más antiguas de todo el continente americano. Al menos desde el descubrimiento de Colón. Fue aquí precisamente, en la misma cala donde se ubica la ciudad, donde desembarcó el propio Colón en la segunda travesía que realizó hacia América. Y todavía más, en la iglesia de la ciudad se puede ver la única que se conserva de las 29 cruces de madera que plantó el mismo Colón al pisar tierra por todos estos lares y reclamarlas en nombre de la Corona Española. O eso se dice. La realidad es que un laboratorio suizo le realizó las pruebas del carbono 14 para determinar su antigüedad, además de otras pruebas, y concluyeron que sí, que la madera de esa cruz fue talada alrededor del año 1500 y que es una madera proveniente de la zona de Baracoa. Luego cada cuál con sus creencias. Para terminar, es una región con gran cantidad de excursiones alrededor, en todas direcciones, con mucha naturaleza, que da para varios días. Lo sorprendente de todo esto es lo poco explotado que está el turismo, dados los atractivos que ofrece la zona. Encontrando precios realmente bajos y muchas cosas por hacer.
Tras la ya clásica búsqueda de alojamiento que satisficiera nuestras necesidades y bolsillos, encontramos una casa al tercer intento. La regentaba un simpático matrimonio, con dos hijos de piel clara como la leche y pelo rojo como el fuego, al más puro estilo irlandés, cosas de la ya mencionada genética mixta cubana.
En Baracoa pudimos habernos quedado más tiempo del que estuvimos, pero nuestro objetivo era llegar a Camagüey en lunes y llegamos en sábado. Aún así aprovechamos el tiempo al máximo. Paseamos por la ciudad, vimos la ya mencionada iglesia con su cruz. Subimos la colina hasta unas cuevas, que funcionaban a modo de museo arqueológico, pues allí habían enterramientos y restos de los indios indígenas que habitaban la zona hasta que llegaron los españoles y los exterminaron. Las cuevas eran amplias, y había bastantes restos de esqueletos, la vista de toda la bahía era impresionante, y no dejaba de preguntarme cómo habría sido para aquellos indígenas ver la llegada de las carabelas españolas desembarcando en la bahía. Un hecho histórico para toda la humanidad, pues aquel encuentro cambió el mundo para siempre.
En la plaza de la iglesia también habían monumentos dedicados a Hatuey, aquel indígena que fue el primero en resistirse a los españoles. Muy curioso fue el encuentro de una estatua de un vagabundo, y más curiosa su historia. Pues resultó ser un vagabundo de origen español, conocido como «el Pelú», el cual estaba demente y gritaba a la gente por la calle, ganándose la enemistad del pueblo. Un día el Pelú maldijo a la población, diciéndoles que empezarían grandes proyectos pero ninguno verían terminado. Así explican los lugareños la falta de desarrollo de la villa. A mi no dejaba de recordarme a un amigo. Demasiadas similitudes.

El domingo hicimos una excursión muy prolífica tras un gran desayuno en el que probamos hasta 6 frutas diferentes. Un taxista nos hizo una especie de tour a buen precio durante todo el día. Primero visitamos a una familia que se dedicaba a cultivar y procesar el cacao. Vimos los árboles, como recogían el fruto, y todo un proceso de convertirlo en chocolates, polvos, mantecas, etc. No teníamos ni idea y fue muy interesante.
A continuació nos dirigimos a la pequeña aldea de Yumuri, donde pasa el río del mismo nombre. Cuentan que el nombre venía de cuando los indígenas se suicidaban tirándose al río desde la montaña, para no ser sometidos por los españoles, al grito de «Yo morí!!». Credibilidad muy baja.
Es una pequeñísima aldea a primera línea de mar, que en tiempos recientes ha sufrido muchísimo por huracanes tropicales. Allí el taxista nos dejo en manos de un guía, un simpático señor, profesor de primaria jubilado, que ahora se dedicaba a esto. Nos llevó a lo alto de una colina, donde se divisaba el frondoso cañón por el que pasaba el río. Inabarcables eran sus conocimientos de botánica, cada pocos metros se paraba a explicarnos una planta y sus propiedades, también para que se hacía servir y sus beneficios medicinales. Nos mostró el caracol endémico de la zona, que solo se encuentra en esa región, de colores amarillos y naranjas, con unos preciosos dibujo en las conchas, bonitos de verdad. Luego bajamos a la desembocadura del río, donde había un pequeño embarcadero, nos subimos a una bote de remos y nos adentramos en el cañón. No pude evitar el acto de piratería y me apoderé de la embarcación y sus remos, remé río adentro, entre cangrejos y nidos de colibrí. Cuando el guía lo indicó apee la embarcación en una pequeña isla del río y proseguimos el camino a pie. Cruzamos el río por un vado que nos llegaba a la rodilla, y cogiendo luego un pequeño sendero que lo bordeaba, entre la jungla y más clases de botánica. Al fin llegamos a una zona con unas vistas impresionantes del cañón y una zona idónea para el baño. Eso hicimos, nos bañamos, saltamos de algunas rocas, y jugamos a tirar piedras en sus tranquilas aguas, a ver quién podía hacer saltar las piedras más veces por la superficie.

Al cabo de un rato regresamos, nos cayó una lluvia torrencial que duró apenas cinco minutos, y volvimos en la embarcación de remos. Esta vez fue Alba la que quiso probar de remar, sin demasiada habilidad. Terminamos comiendo en un pequeño bar de la aldea, donde nos cocinaron un poco de pulpo y tetí, un minúsculo pez del tamaño de una uña, de cual se desconoce prácticamente todo. Sólo se sabe que baja por el río únicamente los días de luna creciente, pero no se sabe bien por qué. Sabroso. Al regresar el taxista nos paró en una paradisíaca playa, la mejor de la zona según el, ya que en días de marejada, como ese mismo día, la gente igual se podía bañar por que la playa disponía de una barrera de coral natural que actuaba de rompeolas. No nos pudimos bañar por el frío viento que se giró, pero paseamos por la playa. Me sorprendió que no hubiera ningún tipo de inversión turística, a mi esa playa me pareció mucho más bonita que Varadero.

Regresamos a casa y tuvimos una larga charla, en privado, con el dueño de la casa, sobra la situación de Cuba. Nos contó cosas buenas y no tan buenas del régimen y amplió nuestra visión del mismo. Luego planeamos la ruta hacia Camagüey. Era difícil por que en Viazul había que volver hasta Santiago, realizando un rodeo amplio, que nos consumiría tiempo y dinero en gran cantidad. Se nos brindó la posibilidad de ir en colectivo hasta Holguín, por un chico que nos paró por la calle y se olía nuestra situación, desde Holguín podríamos ir en Viazul hasta Camagüey, en un viaje mucho más directo, pero por unas carreteras que hasta los mismos cubanos definían de malísimas. Terminamos eligiendo esa opción, por precio, tiempo y ver zonas nuevas. Lamentando no poder ver más zonas de Baracoa, habría dado para un par de días más, pero el objetivo era llegar a Camagüey en lunes.
